Cataluña

Tiempos movidos para un titular así, pero aquí nada tiene que ver con la política y sí con la pesca. Aquello que dicen de que “lo mejor de la vida no se planea, simplemente sucede”,  poco tiene de dicho y sí mucho de verdad.

Solo hizo falta una noche de julio, una cena en familia, como en los veranos cuando éramos niños, y un poquito de ilusión para organizar un inolvidable viaje de pesca. Cuatro días, aprovechados al máximo, para descubrir los maravillosos ríos catalanes.

La preparación fue exprés. Todas las moscas que no había montado durante el año, las monté en algunos ratos libres de los días previos. Del trabajo al torno y del torno al trabajo. Y con la caja llena, las cañas y chalecos preparados, poco más hacía falta. Unas botas sin suela de fieltro, ese fue el mayor problema, pero en Decathlon tenía la solución: botas de montaña + estructura antideslizante. Se podría decir que Quechua patrocinaba el viaje: botas, camisetas, pantalones polares para el vadeador…

Con las maletas listas solo faltaba lo más importante, la compañía, así que a las seis de la mañana, mi padre, mi tío, mi primo y yo, ya estábamos montados en el coche rumbo a Anglés. Sobre las 12:30 llegamos al hostal Can Massot, comimos un bocata rápido y marchamos directos al río.

Nervios e ilusión a partes iguales. Después de todo lo que he visto y escuchado sobre el río Ter y el coto de Anglés, era difícil no sentir algo de ilusión; y nervios porque siempre los hay cuando te adentras en un río en el que no conoces.

Empezamos en una zona de poca agua, sin muchas posturas, y al principio sacamos pocas truchas y pequeñas, con algún que otro enganchón. Creo que íbamos más pendientes de no escurrirnos que de pescar. Pero pronto alcanzamos la zona con corrientes y numerosas posturas en las que probar suerte. Después de varias probaturas, opté por el tándem, pese a no ver ninguna trucha comer en la superficie, y fue entonces cuando comenzó el espectáculo.

Hubo momentos en los que era echar y sacar, pero lo que más impresionada me dejó fue ver cómo subían a mosca seca las arcoíris en lo más fuerte de las corrientes. Donde menos lo esperaba, o quizás, donde esperaba una fuerte picada a la ninfa, aparecía la aleta dorsal de una arcoíris, casi a cámara lenta, e inmediatamente comenzaba una lucha de mínimo cinco minutos hasta que caía rendida en la red de la sacadera. Una batalla increíble, indescriptible que finalizaba de la única forma que debería terminar, con la recuperación del animal y su devolución al agua.

¡Cómo os echaba de menos, queridas arcoíris!

Y en medio de ese espectáculo transcurrieron las horas hasta que en mitad de la tarde llegamos a una tabla donde terminamos de alucinar. Los oncejos sobrevolaban la superficie del río, alguno que otro se golpeaba contra la caña, y a contraluz se veían subir truchas que adivinábamos de gran tamaño. Pero cuando nos disponíamos a abordarlas a seca, se desató una tromba de agua que nos caló “hasta los huesos”. No obstante, las ganas podían más que el frío o la humedad, y aunque nos tuvimos que salir del río antes de lo esperado debido a la tormenta, mi padre pudo clavar un par de esas truchas que dejaron una pelea preciosa.

Segundo día

Decidimos no madrugar en exceso y pescar con el sol ya en ascensión y el centro del día. Nos cruzamos con algunos pescadores pero eso no impidió volver a vivir una jornada increíble en el Ter. Creo que jamás se me olvidará la picada, detrás de una piedra en una zona de poca agua, de un “torpedo” arcoíris que me dejó el brazo casi destrozado. Más de 10 minutos hasta que conseguí dominarla después de que me sacara unos 100 metros de hilo río abajo y yo detrás de ella para ganarle distancia. Verla pegar botes encima del agua a esa distancia y el sonido del freno del carrete es algo que emociona; en aquel momento parecía estar viviendo una escena de la película El río de la vida.

Intercambiamos con mi tío y primo nuestras impresiones mientras comíamos a la orilla del río pero es algo indescriptible lo vivido en esos dos días en Anglés.

Esa tarde todavía tuvimos tiempo de visitar Andorra, cenar allí y bajar hasta nuestro próximo destino, Rialp.

Noguera Pallaresa

Más de una vez había oído hablar a mi padre y tío de sus andanzas en aquel imponente río a los pies de Sort. Y reconozco que sentía algo de miedo por pescarlo, no sé qué tipo de río pensaba que iba a pescar, pero cuando lo vi todo el miedo desapareció. Más aún cuando en los 20 primeros lances ya había sacado siete truchas, preciosas, comunes, de un tamaño notable y unas aletas impresionantes.  Una probatura de ninfa montada a última hora fue la que me hizo vivir un día maravilloso.

Por la tarde las sensaciones fueron totalmente opuestas, decidimos pescar un tramo que, aparentemente, podía tener truchas pero cuando bajamos al río nos encontramos con un tramo muy difícil de pescar, con grandes rocas, un caudal algo alto y una corriente muy fuerte. Era prácticamente imposible controlar las ninfas. Pese a ello, seguimos río arriba, casi escalando, pero no pudimos darle la vuelta a la tarde.

Ya el último día, aprovechamos la mañana y, aunque yo no saqué tantas truchas como la mañana anterior, las que saqué me dejaron, otra vez, impresionada. Pero, sin duda, lo que más me gustó fue el río y entorno, maravilloso.

La subida del caudal en menos de cinco minutos nos obligó a salir del río por la parcela de una casa a pie de río que a cualquiera nos gustaría habitar. Allí poníamos punto y final a nuestra aventura por tierras catalanas, mientras ya hablábamos del lugar al que iríamos el próximo año. Probablemente serán los ríos de Castilla y León pero se aceptan sugerencias.

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Un pensamiento en “Cataluña

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