Ferias y fiestas

Desde muy pequeña las Ferias y Fiestas de San Julián han sido sinónimo de pesca. Miles de niños esperaban ilusionados la llegada de las carrozas, los caramelos, los coches de choque o el algodón de azúcar. A mí, sin embargo, nunca me han gustado las atracciones de la feria, lo que sí me hacía ilusión era el concurso de pesca de ferias.

A los seis años gané mi primer concurso fue, precisamente, uno de ferias. Recuerdo el sitio donde, junto con la ayuda de mi padre, pude meter en la nasa 38 truchas; tengo algunos recuerdos, recuerdos de lo que sentía cada vez que notaba los toques de la picada en la mano o el puntal de la caña, de la emoción de mi familia, de la entrega de trofeos, de los recuentos de las truchas…

Trofeo del concurso infantil de San Julián 1999

Todos esos sentimientos y recuerdos se repetían año tras año. Me encantaban esas mañanas en el río junto con mi padre y abuelo. Cada año tocaba en uno de los cotos intensivos, así que la estrategia cambiaba, lo hablaba con mi padre, dónde íbamos a empezar, ¿con cebo o cucharilla? ¿Por hondo o con corcho? ¿Masilla o gusano? En el río esperaban las truchas arcoiris y, cuando a las ocho de la mañana daban la salida, niños y padres salíamos corriendo para llegar los primeros al mejor sitio. Al final aprendí que no valía con quedarse en un pozo, que había que andar, insistir en los sitios, cambiar mil veces de cebo, de técnica, que las estrategias no servían de mucho y había que tomar las decisiones sobre el terreno. Aprendí mucho más, mucho de lo que hoy soy en la pesca.

Pero al final, lo importante era participar. Yo además tuve la suerte de poder ganar en varias ocasiones, de demostrar que sabía y podía pescar sin la ayuda de nadie y hacerles ver a muchos que una mujer era tan válida como ellos. Aún así, después de muchos años había quien se seguía quedando atónito cuando acababa el recuento de truchas… No veáis cómo costaba llegar a las 12 de la mañana con treinta y tantos grados y la nasa llena, el dolor de hombro de los días siguientes daba cuenta de ello y a la vez me permitía echar la vista atrás y sonreir recondando cada trucha y momento.

Concurso año 2007

Concurso año 2011

Ahora me apena no seguir disfrutando de esos concursos. Bien es cierto que me sería difícil volver a pescar con muerte a ese nivel, un nivel en el que acababas con el dedo índice “destrozado” de desanzuelar las truchas.

Solo espero que estas tradiciones se mantengan, porque son sanas, hijos y padres comparten experiencias a la orilla del río, se conoce gente y, sea cual sea el resultado, se vuelve con una sonrisa a casa. Y me encantaría que cientos de niños pudieran vivir todo ello.

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