Rabia y pena

Echo la vista atrás, cuando el medio rural no era el blanco de las disputas políticas, o al menos no de forma tan devastadora, y recuerdo tiempos felices, tiempos en los que los niños pasábamos las horas en la orilla del río.

Recuerdo los días en el coto “El Chantre” junto a mis dos primos, los tres, caña en mano, con la cucharilla, descubríamos nuevos lugares, aprendíamos los unos de los otros y alimentábamos la pasión por este deporte.

Nunca olvidaré aquellos concursos en los que empecé a desenvolverme sola, en los que era capaz de hacerle competencia a aquellos con los que crecí y aprendí, concursos en los que podía más la ilusión y las ganas de hacerlo bien que el cansancio o el peso de las truchas.

Ni aquel concurso de las Ferias y Fiestas de San Julián del 99, tenía solo seis años pero recuerdo algunos momentos como si fuera ayer, la ayuda de mi padre, el apoyo de mi abuelo, el orgullo y emoción de mi abuela, las sensaciones en cada picada… El principio de una tradición, cada mes de agosto, que me encantaba, con la que disfrutaba y que, ahora, ha desaparecido.

Cómo olvidar aquellos años en los que una veintena de niños acampábamos durante un fin de semana en el cuidado césped del coto de pesca. Dos días en los que aprendíamos a montar moscas, a anudar el hilo, a lanzar, nos bañábamos, jugábamos al fútbol, nos perdíamos por la orilla del río en busca de alguna trucha grande o aprendíamos a devolver al agua las capturas tras un paciente y bonito proceso de reanimación. Aquel momento en el que Diego, uno de los más mayores del grupo, uno de los primeros en practicar la pesca con mosca, metió en su sacadera una tremenda trucha que todos mirábamos asombrados y con la que nos hicimos una foto de grupo.

O aquel nacional de juventud del 2009 en Valencia, o el Máster Internacional por parejas del 2013 también en Valencia, dos eventos importantes que me permitieron demostrar que podía competir al nivel de los mejores, que no necesitaba la ayuda de nadie para ello y, sobre todo, que me dieron la oportunidad de vivir momentos fantásticos rodeada de mi familia y de gente que no conoces y al final acaban siendo amigos.

En todos esos momentos, la protagonista no era yo sino la, hoy cuestionada, trucha arcoíris, la peligrosa especie exótica invasora. Los que no vivimos la época boyante de los ríos, aquella de la que hablan nuestros padres, tuvimos que conformarnos con disfrutar de la pesca de otra manera, en los cotos intensivos, con la trucha arcoíris. Pero eso no es malo, aprendimos a amar la pesca de forma diferente, a conformarnos con poco, aprendimos a pescar gracias a la trucha arcoíris, sin hacer daño a nadie, respetando los tramos de río en los que era necesario repoblar con esta especie, tramos que durante años gozaron de vida y salud y que ahora se encuentran prácticamente muertos.

En esos tramos podría haber varios niños con su caña nueva, junto a su padre, abuelo, hermano o primo, aprendiendo a lanzar, a esperar el momento para estirar o cómo devolver la captura al agua. Sin embargo, esos niños probablemente estén con un móvil, tirados en el sofá o con un spinner entre las manos, o quizás no… Muchos lo siguen intentando, durante este año de trabajo he atendido a niños ilusionados con pescar, a padres que no saber ni coger la caña y aun así acompañan a sus hijo, pero me entristece saber las condiciones que van a encontrar y que les harán abandonar una afición que pueden llevar dentro y que no tienen la oportunidad de ponerla en práctica.

La situación que atraviesa la pesca en los últimos años es alarmante y lo peor es que no hay un único culpable. Las decisiones son tomadas por personas que no salen de los despachos, que solo pisan el campo para hacerse una fotografía, personas que no escuchan a los afectados, a los que llevan toda la vida en los ríos y saben lo que realmente es dañino y lo que se necesita. A esa pasividad e inutilidad de la Administración, se ha unido el rencor y la prepotencia de Pedro Sánchez y Podemos que votaron en contra de la modificación de la Ley del Patrimonio Natural y de la Biodiversidad, y la cobarde abstención de Ciudadanos. Esos que dicen representar al trabajador y trabajar por los ciudadanos, esos que levantan el puño orgullosos.

Esos que han condenado la pesca en España, que han acabado con el motor económico de muchas familias, que han sentenciado al mundo rural y han sucumbido al ruido de cuatro “ecologistas” (esos que no limpian ríos, ni montes, ni colaboran en desastres naturales… pero sí salen con las pancartas y banderas a la calle) sin ver más allá de una denominación, la de especie exótica invasora.

Podría decir muchas cosas pero hay veces que las cifras hablan mejor. En la revista Jara y Sedal se podía leer que  “desde la aplicación de la sentencia del Tribunal Supremo en 2016, se han cerrado el 25% de los establecimientos relacionados con la pesca, el 60% de las piscifactorías y la venta de material ha decaído a más de la mitad. Asimismo, más del 75% de las contrataciones turísticas internacionales han sido canceladas”.

Siento pena y rabia, sobre todo rabia, porque la acción de las instituciones se centre en actividades inofensivas, que transmiten valores positivos a la sociedad, que ayudan a la juventud, que respetan el medioambiente sin necesidad de hacer ruido o portar una pancarta. Y pena, por no poder seguir coleccionado momentos en la orilla del río y porque las generaciones que vienen no tengan la oportunidad de disfrutar de la pesca, como yo lo he hecho con la trucha arcoíris.

 

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4 pensamientos en “Rabia y pena

  1. Ya soy mayor y hace muchos años que pesco a mosca. Al principio pesqué a lombriz a cucharilla ….fue una evolución natural, no solo por la satisfacción de una captura a trucha vista a seca, también porque era la única forma de devolver vivo un ejemplar. Es decir encontré una forma de colaborar a cuidar del río y de sus peces. Ya había visto morir ríos enteros en la Comunidad de Madrid, donde vivo. Luego todo fue una evolución natural, me interesé cada vez más por los ríos, por la calidad que estaban perdiendo. Lo normal.
    Al principio, ya hace años cuando eramos cuatro locos metidos en el agua con vadeador, los pescadores de lombriz nos recriminaban nuestra forma de pescar y que apoyáramos los cotos sin muerte (“nunca hubo tantas truchas en los ríos como cuando pescábamos sin tanta regulación”, decían). Hoy los veo pescando a mosca. Me alegro sinceramente, estoy seguro que muchos encuentran nuevas satisfacciones en la pesca, especialmente en los cotos sin muerte.
    Pero no creo que todos hayan comprendido lo que ya veíamos venir desde hace tiempo, que los ríos se mueren. Es verdad que por diversas causas, y no siempre achacables a los pecadores. Pero tenemos una responsabilidad, en primer lugar con las truchas y los ríos que tantas satisfacciones nos han dado. Cuidarlos debería ser una obligación de todo pescador responsable, y no me refiero sólo a recoger basuras de las orillas. Tenemos la obligación de saber, de comprender lo que está sucediendo, de intervenir para invertir esta muerte lenta de los ríos.
    Yo hace tiempo que pesco poco, llevo siempre los tubos con las cañas pero no siempre me visto. Disfruto con el río, paseando, observo las eclosiones (ya casi no hay, una pena), compruebo las larvas debajo de las piedras (ni comparación con lo que había hace una o dos décadas), el caudal del agua…. Todo está cambiando, todo está peor. No me avergüenza reconocerlo: me siento más cercano a los ecologistas que a los pescadores. Me considero un pescador-ecologista. No comprendo que puedan ser categorías antagónicas. No nos podemos permitir ya ese lujo.
    Los pescadores tenemos que echar una mano. No entiendo que seamos capaces de ignorar lo que dicen científicos, universidades, biológos, convenios internacionales, leyes como la 42/20017, los informes técnicos como los de la reciente sentencia del Tribunal Supremo sobre especies invasoras… Podemos seguir engañándonos, pero sustituir especies naturales por otras de origen exótico, por nuestro capricho de pescadores, hace daño al río y a la conservación de sus especies salvajes. Hay tropecientos estudios en la red.
    No entiendo que sigamos siendo como los pescadores de lombriz de entonces, que miramos al pasado como si la evolución no existiera o la verdad tozuda no nos recordara todos los días que perdemos la vida salvaje, que la estamos sustituyendo por “piscinas” que usamos a nuestro antojo.
    No pretendo convencer a nadie, ni entrar en debates que no conducen a nada. Estos chat son demasiadas veces un catálogo de tópicos y de prejuicios. Pero intentar pensar, razonar, averiguar, consultar estudios solventes… es una peligrosa tarea, te puede llevar a conocer la verdad. Y la verdad es incómoda: lo estamos haciendo mal, los pescadores también.
    Esta es una batalla ganada (como lo fue la de los cotos sin muerte), al final todo el mundo lo entenderá. El único problema es lo que para entonces quedará aprovechable en nuestros ríos.

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